Alguno se preguntará que a dónde me llevaba este coche, que en opinión de algunos vascos, resulta algo cutre. Pues bien, he de confesar que mientras mi gemelo se las agenciaba para irse al cine con sus amigos yo me pasaba las tardes en el auditorio, escuchando concierto tras concierto, ópera tras ópera, truño tras truño, como diría Fernando.
Menos mal que de vuelta tenía alguna que otra compensación: pasábamos por delante de una pastelería, especializada en Panellets. Es difícil explicar por escrito las bondades de este postre tan suculento. Me limito a aportar una imagen que, como bien se dice vale más que mil palabras.